I
En el silencio leve de la tierra
despierta el narciso al amanecer,
como una llama pálida y dorada
que aprende en primavera a renacer.
Su tallo tiembla al borde de la brisa
como un suspiro que desea hablar,
y el prado entero inclina su mirada
cuando su copa empieza a despertar.
II
Pequeña luz nacida entre la hierba,
reflejo claro del temprano sol,
tu forma guarda un eco de pureza
que el campo reconoce en su temblor.
No buscas altura entre los árboles
ni impones tu presencia en el jardín;
te basta con abrir tu breve estrella
sobre la humilde calma del abril.
III
Dicen los viejos mitos de la tierra
que un joven quiso en agua contemplar
su propia imagen clara y silenciosa
hasta olvidarse al fin de regresar.
De aquel reflejo nació tu figura
como un recuerdo leve de su voz;
y desde entonces guardas en tu forma
la nostalgia dorada del adiós.
IV
Mas tú no eres orgullo ni castigo
sino una simple flor que quiere ser
la breve claridad de los caminos
cuando la nieve empieza a ceder.
Tu perfume no grita ni reclama,
solo murmura al viento del lugar
como una historia antigua de la tierra
que el campo vuelve siempre a recordar.
V
En los jardines tiemblas silenciosa
cuando la lluvia vuelve a descender;
cada gota resbala en tu corona
como una lágrima que quiere arder.
Y el cielo mismo parece inclinarse
sobre tu cáliz lleno de claridad,
como si el mundo hallara en tu presencia
un instante de pura eternidad.
VI
El viento pasa lento entre tus hojas
y tú respondes con leve temblor;
no sabes de ambiciones ni de imperios
ni de la prisa ciega del rumor.
Eres tan solo un gesto de la tierra
cuando decide hablar con suavidad,
una palabra leve de la vida
que nace entre la hierba sin pensar.
VII
Cuando la tarde tiñe los caminos
con oro pálido del sol tardío,
tu forma guarda el último destello
como si fuera un pequeño río.
Las sombras crecen suaves a tu lado
y el campo entero guarda su quietud;
mientras tu cáliz bebe de la tarde
la última gota azul de la luz.
VIII
Los niños pasan junto a tu presencia
sin sospechar tu historia ni tu voz;
solo perciben tu dorada estrella
brillando humilde bajo el mismo sol.
Y al inclinarse a verte entre la hierba
aprenden sin saberlo una verdad:
que la belleza vive en lo sencillo
que sabe sin orgullo florecer.
IX
La noche llega al prado lentamente
con su silencio claro y maternal;
las flores cierran párpados de sueño
y el viento deja de susurrar.
Mas tú conservas dentro de tu forma
un leve resplandor que no se va,
como si el día hubiera dejado
un eco de su luz en tu mirar.
X
Mañana cuando vuelva la mañana
y el sol despierte al campo una vez más,
abrirás otra vez tu copa clara
para mirar el cielo despertar.
Y el prado entero volverá a inclinarse
ante tu breve gesto de existir,
pues cada primavera tu presencia
le enseña al mundo el arte de vivir.
XI
No duras mucho tiempo en la pradera,
tu vida es breve como el despertar;
pero en tu breve paso por la tierra
dejas un rastro suave de claridad.
Porque la vida aprende de tu ejemplo
que no es preciso el tiempo para ser,
cuando la luz se guarda en una forma
capaz de florecer y de ceder.
XII
Así florece el narciso en la hierba
como un pequeño sol en el verdor;
y el campo entero guarda su memoria
cuando se apaga su dorado ardor.
Mas cada año cuando vuelve el viento
del mismo abril que te vio nacer,
la tierra abre otra vez tu luminosa
y humilde manera de florecer.