La lengua traza un surco en tu abdomen, baja lenta, deliberada, feroz, hasta encontrar el néctar escondido que ya palpita, húmedo y voraz.
Mis dedos abren pliegues de terciopelo, tu quejido es un látigo en la oscuridad, y cuando al fin me hundes en tu centro, el mundo estalla en sal y espasmo y mar.
No hay pensamiento, solo carne y ritmo, el golpe húmedo, el gemido desgarrado, hasta que el vientre se convulsa, eléctrico, y en mi boca saboreo tu universo mojado.