Pasa casi en secreto,
como una brisa que sin hacer ruido,
trae en su pulso la certeza de
que ya casi estamos rendidos
ante la dulzura del reencuentro.
El tiempo no corre:
se inclina hacia ti.
Es un río que aprende tu nombre
y avanza, obediente,
hacia la orilla donde respira tu risa.
La distancia pierde consistencia,
se vuelve ligera,
casi transparente,
como una sombra que ya no asusta.
Es la víspera del abrazo largo,
el instante previo
a que nuestras miradas se encuentren
sin cálculo ni medida.
No te busco lejos;
te siento creciendo dentro,
como una llama tranquila
que sabe exactamente
cuándo arder.
Hoy no hay estruendo,
solo un latido más firme,
una emoción que se afina
con cada hora que cae.
La rutina se debilita,
cede terreno,
como si entendiera
que no puede competir
con lo que nos espera.
El jueves es ese susurro que antecede al milagro,
ese silencio cargado de promesas,
esa pausa donde el alma sonríe
porque sabe
que pronto
volveremos a tocarnos
sin la prisa del mundo.
Y en esa anticipación suave,
ya empiezo a sentir
tu piel acercándose a la mía
como si el universo, por fin,
decidiera conspirar a nuestro favor.