Adrian Alfaro

3 horas después...

Hoy entendí que no hacen falta tragedias para arruinar un día.

A veces basta algo pequeño.
Una palabra mal dicha.
Un silencio que dura demasiado.
Un gesto que antes significaba todo… y ahora no significa nada.

Las cosas simples tienen ese poder extraño de quebrarte sin hacer ruido.

Porque no es el problema en sí.
Es lo que te recuerda.

Te recuerda que las cosas cambian.
Que las personas cambian.
Que lo que ayer parecía eterno hoy apenas sobrevive en la memoria.

Y duele.

Duele de una forma silenciosa, lenta…
como si algo dentro de ti se fuera apagando sin que puedas detenerlo.

Uno pasa tanto tiempo construyendo pequeñas certezas:
una mirada,
una rutina,
una voz que te dice que todo está bien.

Y de repente, un día cualquiera, algo cambia.

No explota.
No se rompe de golpe.

Solo… se mueve un poco.

Lo suficiente para que todo deje de encajar.

Entonces llega esa parte que nadie quiere admitir:
la realidad.

La realidad de que no todo dura.
De que no todo se queda.
De que algunas cosas que juraban quedarse… simplemente se van.

Talvez los humanos estamos condicionados a esa vulnerabilidad o solo talvez lo peor no es perderlas.

Lo peor es darte cuenta de que, en el fondo,
ya lo sabías.

Pero aún así elegiste creer.