José Antonio Artés

SOMBRAS DE LA CONCIENCIA

Hay sombras que nos siguen
como una respiración silenciosa
pegada a los talones de la vida.

No vienen de la noche
ni de los rincones oscuros de la casa.
Nacen más cerca,
en ese lugar donde la conciencia
prefiere cerrar los ojos.

Las sentimos pasar
como algo ligero
sobre la superficie tranquila del día,
y enseguida apartamos la mirada,
como si no mirarlas
pudiera borrarlas.

Pero ellas conocen la paciencia.

Se parecen al hierro
cuando el óxido empieza
a escribir su espera:

una leve herida en la materia,
una mancha pequeña
que casi nadie advierte
mientras el tiempo
hace su trabajo callado.

Así también ocurre en nosotros.

Cada gesto repetido,
cada costumbre del día,

cada certeza que preferimos no cuestionar
va disimulando esa corrosión lenta
que se instala en los pensamientos
como si fuera una costumbre arraigada.

Vivimos entonces
con la tranquilidad aparente
de quien cree caminar por terreno firme,
sin sospechar que bajo los pasos
la conciencia se vuelve frágil
como una madera fatigada por los años.

Y un día aparece el miedo.

No el miedo ruidoso de las tormentas,
sino ese otro más íntimo
que nos susurra
que sería mejor vivir sin sombras,
sin zonas inciertas,
sin esa penumbra que nos recuerda
lo que somos y lo que callamos.

Pero olvidamos algo esencial.

Las sombras también orientan.

Son la señal secreta
de que la luz existe.
El relieve del camino.
La forma invisible del mundo
cuando el sol cae sobre la tierra.

Quien quisiera vivir sin sombras
tal vez perdería también la brújula
que guía el camino.

Porque en la vida,
como en los viejos caminos del campo,
son las sombras largas de la tarde
las que enseñan
hacia dónde camina la vida.

 

José Antonio Artés Sánchez