Sé que lo leerás.
Y sé que cada palabra que escribo
lleva un dolor escondido,
una tristeza que no se nota en público,
unas ganas insoportables de llorar
y gritar a los cuatro vientos
cómo me dolió perderte.
Sé que lo leerás
y quizá no sientas nada,
mientras yo pongo en cada verso
lo que no pude decir cuando aún estabas.
Me alegra verte feliz.
Aunque me duele ver tus estados,
tu sonrisa vivaz,
tu luz intacta,
como si no hubiera pasado nada,
como si lo nuestro hubiera sido
solo una estación breve
que ya quedó atrás.
Y yo aquí,
mirando esa sonrisa
como quien observa el sol
sabiendo que ya no le pertenece la mañana.
Me hundo en una tristeza silenciosa.
Me doy golpes en el pecho
queriendo forzar una lágrima,
queriendo abrir la garganta
y gritar tu nombre
hasta que el eco me responda.
Pero no puedo.
Ni llorar como quiero,
ni gritar como necesito.
El dolor se me queda atorado,
pesado,
crudo.
Me alegra que me hayas superado.
Lo digo con la voz quebrada
pero sincera.
Me alegra que esa felicidad
sea tu recompensa,
porque tal vez conmigo
solo conociste oscuridad,
lo triste,
lo complicado.
Tal vez fui la sombra
antes de tu verano.
Me alegra que ya no te duela mi ausencia,
que ya no mires atrás,
que ahora yo sea solo una página
que pronto se anotará en el olvido.
Una página doblada,
quizá arrancada,
quizá nunca más releída.
Y aun así,
aunque me duela admitirlo,
aunque me rompa en silencio cada noche,
siempre querré verte feliz.
Es mi promesa.
Aunque esa felicidad
no me incluya jamás.