Alberto Escobar

El tercer...

 

 

El tercer gol ya fue definitivo, jarro
de agua fría para todos
y cada uno
de los once, hundidos
como en una ciénaga
que se abriera de repente
bajo los palos, lloramos
por dentro porque hacia afuera
sería tomado como un talón
de Aquiles, como una falla 
en la robustez obligatoria
que debe guarnecernos, por ley,
por contrato —eso firmamos
cada uno de nosotros antes
de dar patadas a este balón—. 
El segundo ya nos hizo cierta mella
pero aún restaba un crédito,
solo unas perras diría yo 
pero, no obstante, nos aferrábamos
a un casi imposible, a una ilusión
que, a modo de salvavidas, nos salió
al aire viciado que nos rodeara
para intentar subirnos a ella
como quien se sube a un tren en marcha. 
El primero nos cayó como un pinchazo,
como cuando preparas un pescado
del que no esperas una espina a destiempo
y te provoca una naciente gotita de sangre
—pero solo era cuestión de pasar un trocito
de algodón, enjugarla y seguir el partido—
que te despabila, te ata más fuertemente
al césped que maltratas a pisotones —que 
por cierto, no estaba muy bien cuidado
que digamos—; pero sigues adelante, miras
a otro lado, borras de tu memoria ram
todo pensamiento nocivo, como la psicóloga
nos enseñó, y te rearmas, reseteas y corres. 
El pitido incial tuvo lugar ya con música
hostil de fondo —nada nuevo bajo los focos—.