El hombre de la orquidea

El bien sin precio

El amor no es contrato que se firma con miedo,

ni es cuenta corriente que se cobra al azar;

es un fuego sagrado, es un místico credo,

es el arte bendito de saberse entregar.

Es ser antorcha viva en la noche del otro,

sin pedir que la aurora nos venga a premiar;

es domar el orgullo como se doma a un potro,

y en la derrota ajena... saberse quedar.

​Sostener con ternura la mano caída,

con la misma alegría que en el triunfo se dio,

es curar en silencio la secreta herida

que el tiempo en el alma del otro dejó.

No es buscar el reflejo de la propia gloria,

ni exigir el aplauso por lo que se brindó;

es ser el refugio, la paz y la historia,

donde el ego cansado por fin se rindió.

​Es el Niño que suelta su juguete preciado,

viendo en ojos ajenos un brillo de fe;

es el Joven que lucha, firme y denodado,

sin medir el cansancio, ni el \"cómo\" ni el \"qué\".

Es el Hombre que habita la \"frente muy limpia\",

que no guarda rencores ni deudas de ayer,

que en el río del tiempo su espíritu limpia

y halla en la entrega su mayor poder.

​Es mirar al hermano en su noche más fría,

cuando el mundo le cierra la puerta al pasar,

y ofrecerle el abrigo de una profecía:

que siempre hay un puerto donde descansar.

Ni las sombras del valle, ni el golpe del viento,

podrán derribar lo que el alma forjó;

el amor verdadero es un firme cimiento

que Dios en el barro del hombre sembró.

​No importa el desaire, ni importa el olvido,

ni si el puente que alzamos se llega a quebrar;

lo que dimos de gracia no se ha perdido,

pues dar es la única forma de amar.

Pues al fin del camino, tras tanto equipaje,

la única joya que habremos de hallar,

no es el oro del mundo, ni el falso homenaje,

sino el bien que pudimos... sin precio brindar.