Pasa el tiempo
y la memoria aprende a volverse bruma.
Lo que llamamos verdad
se deshace entre los dedos,
como si el pasado aprendiera
a mentirnos con delicadeza.
Entonces aprendemos
que la verdad no es un objeto,
sino un acuerdo frágil
entre lo que recordamos
y lo que necesitamos creer.
Intentamos reconstruir la escena perdida.
Buscamos testigos,
papeles donde aún respire algo del pasado,
amigos que todavía sobreviven a la erosión
con la dignidad de quienes han visto demasiado.
Cada uno ofrece una versión distinta,
como si el pasado fuera
un cuarto lleno de espejos destrozados.
Y al final descubrimos
que el primer relato
—ese que aceptamos sin sospecha—
no era más que una fantasía útil,
una mentira que nos permitió seguir caminando
cuando la verdad habría sido insoportable.
Entonces desviamos los ojos,
no por cobardía,
sino por respeto al dolor de ayer.
Si aún quedan lágrimas,
no siempre son para llorar:
a veces son para limpiar la vista.
Porque las deudas del vivir
no desaparecen con el tiempo.
Regresan con pasos tranquilos,
se sientan frente a nosotros
y pronuncian nuestro nombre,
como quien recuerda
que todo lo vivido
tarde o temprano
exige respuesta.