Tras tantas lunas y tantos soles,
ante el respiro de la bóveda celeste,
debo aceptar que te extraño
en este territorio de papel,
entre los pliegues de los viernes,
cuando los caminos llenos de agua
nos convertían en peces
y me enseñabas el color de tus escamas,
la ausencia de tus orejas, tus ojos sin párpados,
tu nuevo nombre de pez.
Yo seguía tus pasos entre las constelaciones:
los distinguía por ser los únicos que bailaban
con tu piel herborizante secretando tus lúnulas, te seguía
entre la voz descalza
que mecía los acertijos de las conchas en espiral.
He vuelto a buscarte en tu mismo lugar, a encontrar tu ausencia
estrella: tu vientre no pulsa más, este canto
desprendido de las flores ya no es para mí.
Estrella de axones líticos: pude cubrir
la totalidad de tu vida con mis manos… Si hubo un momento
para permanecer juntos, ha sido exiliado
al lugar donde anidan los vegetales eólicos, cazadores del sol
los que dicen parpadeando que también te extrañan,
que miran con sus tristes ojos cóncavos
el néctar azucarado del polvo.
Pero tu cielo no cambia, tus péndulos no giran,
los manantiales ungulados han huido
y la realidad natural, aborigen, es lo único que ocurre.
Desde entonces alimento a la estrella
con pedazos de mi cuerpo aún tibios
y exhalo el pútrido vaho que mi corazón bicéfalo
expulsa de sus fermentaciones…
No puedo estar en calma: he renunciado a ella.