LA PENÚLTIMA Y NOS VAMOS
En el mapa de mis grietas ya no queda puerto fiel,
he dormido en las costuras del abrigo del ayer.
Fui herrero de mis ruinas, fui mecánico del error,
arreglando corazones con tornillos de rencor.
He vendido mis costillas por aplausos de ocasión,
y sembré mis cicatrices en jardines sin perdón.
El reloj mastica lento la garganta del lugar
mientras busco en mi bolsillo lo que no supe guardar.
Las farolas se derriten como grasa sobre el mar
y la noche abre su vientre para verme naufragar.
Y me dice sin vergüenza, con su aliento de resaca:
la vida muerde fuerte… y después se da la vuelta.
Que me cobren lo vivido con la tinta del dolor,
que me embarguen los latidos que firmó mi corazón.
Si la culpa me persigue que aprenda a caminar,
porque el miedo no ha podido todavía amordazar.
Con la voz llena de óxido y los huesos sin padrino
me retiro de esta guerra… pero sigo en el camino.
Porque el mundo es una máquina que tritura lo soñado
y yo sigo respirando aunque salga mal parado.
Las musas hicieron huelga de mi pobre habitación,
me dejaron una guitarra y un pedazo de carbón.
Con él escribo en la noche lo que nadie quiere oír:
que hay poemas que nacieron solamente para huir.
No me busques en vitrinas ni en la foto del salón,
búscame donde la lluvia se confunde con sudor.
En la esquina donde mueren los discursos sin valor
y la rabia se hace verso con olor a callejón.
La guitarra me pregunta si me queda dignidad,
yo le digo: queda poca… pero sobra terquedad.
Y me quito el sombrero roto frente a esta madrugada
que reparte sus cuchillos con sonrisa maquillada.
He brindado con la suerte
y me escupió en la cara.
He abrazado a la gloria
pero estaba muy borracha.
Y la muerte —que es paciente
como un perro en la escalera—
me susurra:
tranquilo…
todavía no te toca.
Que me cobren lo vivido con la tinta del dolor,
que me embarguen los latidos que firmó mi corazón.
Si la culpa me persigue que aprenda a caminar,
porque el miedo no ha podido todavía amordazar.
Con la voz llena de óxido y los huesos sin padrino
me retiro de esta guerra… pero sigo en el camino.
Un último baile torpe con la sombra del final,
sin pisarnos las heridas ni la sed de continuar.
Que mañana seremos polvo conversando con el viento…
pero esta noche —carajo—
todavía estoy despierto.
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RABO VERDE DIGITAL
Ese… sí, ese
que ronda los portales de poesía
como quien husmea jardines en flor.
Ese.
Hombrecillo de versos escasos
y comentarios abundantes,
con la musa a régimen de silencio.
Riega el portal con su pluma chorreadora,
ramo de adjetivos marchitos,
flores que ya nadie recuerda.
Aparece puntual
cuando una muchacha cuelga un verso
todavía torpe, ingenuo, tembloroso.
Entonces su pluma despierta:
“¡Hermoso!”
Y lo dice con fervor
como si alabara a Safo
reencarnada en el portal.
Pero no es el poema
lo que lo conmueve.
Es la fotografía.
La sonrisa.
La primavera
en la esquina del perfil.
Rabo verde
de teclado diligente,
coleccionista de autoras recientes
y retratos bien encuadrados.
Merodeador veterano
de jardines digitales.
Elogios aquí, halagos allá,
como jardinero distraído
que riega solo
donde florece una foto.
Mientras su musa
duerme entre cuadernos a medio empezar,
amarilleando.
Pero él insiste.
Paciente
como pescador de agua turbia.
Lanza su anzuelo de galantería
a cada nueva autora
con un poema difunto bajo el brazo.
Y espera.
Tal vez un “gracias”.
Una sonrisa digital.
La ilusión —breve, ridícula—
de parecer joven
en la orilla clara
de las que escriben.
Ellas saben.
A veces, en el café virtual,
una comenta:
—¿Otra vez el mismo?
La otra se ríe
y guarda el piropo
como quien guarda una moneda falsa
por si acaso.
Así pasan los días
galán de polvo bien peinado,
caballero de pluma fatigada.
Mientras los versos verdaderos
—hondos, torpes, heridos—
cruzan el portal en silencio
como tiburones
que jamás mordieron el anzuelo.
Y el rabo verde,
mientras tanto,
sigue moviendo la cola
frente a la pantalla azul,
fiel
a su pequeña derrota digital.