Cuando pienso en mi casa
el corazón me pesa y me abrasa,
se me hace chiquito y también gigante,
como un abrazo que siempre es constante.
Me acuerdo del café en la mañanita
cuando afuera la niebla se necesita,
de las sábanas limpias que huelen a sol,
del beso de mamá que quita el dolor.
Allá el tiempo es lento como un caracol,
el sillón me conoce y me arropa en su col,
la tele bajito parece cantar,
una nana de adultos para descansar.
Cuando estoy lejos y miro la luna
pienso en mi cuarto y en mi cuna,
me entra un calor como de fogón,
un abrazo invisible en el corazón.
Mi casita me espera con la puerta abierta,
con la comida lista, con la certeza cierta
de que siempre hay un sitio guardado para mí,
un rinconcito suave donde ser feliz.
Y aunque camine por cualquier lugar,
sé que en mi casa voy a estar,
en esa mesa con mi gente querida,
en esa paz que me da la vida.