Nadie me conoce mejor
que el ojo de la cerradura.
Ha grabado
desde su escultura de cilindro
el compás del tiempo;
galope de ideas agitadas,
cansadas, destendidas
o tan en pausa que
-a veces-
la llave gira como moribunda manecilla.
Ojo que me contempla
le sonríe a mis sueños al salir en la mañana
guarda los secretos
de las desilusiones al llegar en la tarde.
En su memoria,
el ojo conserva reservado
el latir emocionado, muecas,
más de un soez vocablo.
Muchas veces el brillo de las lágrimas
se ha gestado sobre su mirada.
Bocacalle, tercer ojo, corazón, hipotálamo.
Desde antes de ser creada
mi destino era ser observada
y
-aunque a veces lo olvide-
actúo como si nadie estuviese mirándome
y
hasta me desnudo.