He visto el mar tantas veces,
he sentido la arena ceder bajo mis pies.
Los peces deslizaban su secreto,
y en mis manos guardé diez conchas
como si fueran tesoros de un dios pequeño.
Siempre fui niño, nunca mar.
Y aún así, algo me persigue:
en las olas vi ahogarse al niño,
y mi madre susurró tranquilo:
—No pasa nada, aún no sabes nadar.
Pero todo cambió
cuando olvidé flotar.
Ya no siento que regrese a la orilla,
Nunca me enseñaron a mirar los barcos.
Yo miraba estrellas partidas en el agua,
luces que ardían en silencio.
No me interesó la vela, la lancha, el crucero:
sólo quería saber
si aquel calamar cumplía años.
Y sin embargo, quizá,
de tanto preguntar al mar,
olvidé preguntarme a mí.
Nada más.