Dicen que eres el invento de mi soledad, una anomalía en la lógica de los hombres. Pero yo guardo el calor de tu piel desafiando al tiempo y el eco de tu voz en la pureza de lo vivo.
No eres un sueño. Conservo las pruebas de esa noche sagrada: plumas de tus alas blancas enredadas entre mis sábanas y el mapa de mi cuerpo marcado por tus besos, esas cicatrices de gloria que son mi único testimonio de lo eterno.
Aunque el cielo se cerrara y el destino nos trazara rumbos distintos, mis ojos seguirán fijos en el firmamento. Sigo aquí, con el corazón en un hilo, esperando el momento en que vuelvas a descender para rescatarme del olvido.