No nació del silencio, sino del estruendo,
de una mente que es selva, relámpago y mar.
Beth camina descalza con su cuerpo ardiendo,
usando las llamas para aprender a cantar.
Hay un monstruo que a veces le apaga los ojos,
un invierno que habita en su sangre de blues,
pero ella recoge sus propios despojos
y los vuelve canciones, y envuelve en luces.
Es la mujer entera que no oculta el tajo,
que muestra la grieta sin miedo al qué dirán;
su voz es el grito que viene de abajo,
donde las verdades más puras están.
No hay armadura, solo piel y piano,
una guerrera que aceptó su tempestad.
Su gloria no es el éxito lejano,
sino haber vencido a su propia oscuridad.
Una catarsis eléctrica donde el dolor más profundo se transforma en un rugido de liberación y supervivencia.