LOS SABIOS SIEMBRAN ÁRBOLES SABIENDO QUE JAMÁS DISFRUTARÁN SU SOMBRA.
I
No un gesto, no. No un capricho del ocio,
ni un deber que se cumple con la mirada puesta en el reloj.
Es un acto de fe que se hunde en la tierra,
como una pregunta que no espera respuesta.
Los sabios abren la palma y dejan caer la semilla
en el surco, en el barro, en la herida del suelo.
Y saben. Lo saben con una ciencia antigua,
con una certidumbre que no necesita espejos:
nunca sus frentes sentirán el alivio de esa copa,
nunca sus ojos medirán la danza de las hojas
contra el azul de un agosto que no les pertenece.
II
Siembran para el que vendrá, para el desconocido,
para el niño que aún no ha aprendido a nombrar la sed.
Y en esa siembra hay una victoria silenciosa,
una derrota alegre de la prisa y el ansia.
Porque saben que el árbol es lento,
que necesita de lluvias y olvidos,
de soles que se repiten como una oración monótona,
de la paciencia oscura de la raíz,
que tantea en la noche mineral del subsuelo.
Mientras tanto, ellos pasarán.
Pasarán como pasan las nubes que riegan sin quedarse,
como pasa el viento que modela sin poseer.
III
Oh, sabios sin retrato, jardineros de la ausencia,
vuestras manos curtidas no conocerán el fresco,
vuestro cansancio no tendrá el premio de la siesta.
Pero cuando el viajero, rendido por la marcha,
doble su cuerpo al tronco y cierre los párpados,
y sienta que la sombra le devuelve la vida,
no sabrá vuestro nombre. Y eso es justo.
Porque la sombra no se nombra, se habita.
Porque el don verdadero no lleva firma,
es anónimo como el agua que sube por la savia,
como la luz que cae sobre todos por igual.
IV
Sembrad, sembrad, os digo, aunque la noche venga.
Aunque el invierno os hiele la última esperanza.
Sembrad en la ciudad de asfalto y de prisa,
en el patio cerrado, en el campo yermo,
en el corazón mismo de quien no os lo agradece.
Porque el árbol no es solo madera, hoja, fruto.
El árbol es un pacto entre los vivos y los que aún no son.
Es un gesto hacia el tiempo, una carta enviada
a un destinatario que jamás responderá.
Y en ese gesto, inútil si se mide en moneda,
reside la única grandeza que merece la pena.
V
Miradlos, los sabios, inclinados sobre la tierra,
enterrándolo todo: la semilla y el deseo,
la esperanza y la carne que ya pide reposo.
No levantan estatuas, no escriben memorias.
Su poema es este bosque que no verán crecido,
este rumor futuro de hojas en diciembre,
este pulmón del mundo respirando en la distancia.
Y acaso, desde el polvo en que se vuelven,
algo de su substancia, algún átomo suyo,
ascienda por las raíces y sea savia,
y en un temblor de copa, en un pájaro que canta,
roce, por un instante, la sombra que sembraron.
Y ese roce, esa chispa, ese casi nada,
sea el alfabeto entero de la eternidad.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Marzo, 2024.