◇ La noche de los perros mojados
La primavera recién comenzaba a mostrarse. No estaba abrigado, lo que me convertía en blanco fácil de las inclemencias del tiempo. Y yo estaba en la edad de la inconciencia.
La madrugada velaba mi existencia; eran épocas donde había un paréntesis de tranquilidad. Dejé a mi joven pareja de cabellos dorados en su casa. Llovía copiosamente; era una noche para estar bajo techo.
Caminé sobre la vereda de césped austero hasta la esquina. El paraguas, más que darme protección, se estaba transformando en una molestia; no obstante, seguí con él.
Grande fue mi sorpresa cuando, al llegar a un pequeño puente de cemento que debía cruzar, sobre él, irónicamente, se guarecían del agua —no de la que caía, sino de la que estaba estancada por doquier— muchos perros vagabundos, uno cerca del otro, porque no había techos cercanos que los protegieran.
El destino se presentaba con una tormenta despiadada y, en ese momento crucial, me di cuenta de que los perros tenían más temor que yo. Pensé que debía cruzar por encima de ellos. Otra de las cosas que me preocupaban era el horario del colectivo: debía llegar a la parada en menos de veinte minutos.
Giré la cabeza buscando alternativas. Miré alrededor del puente y no había otro camino posible, porque la opción era saltar la zanja, con bordes de barro en ambos lados. Ni pensarlo. De saltar, como mal menor, hubiera caído al piso todo embarrado de la otra orilla o, peor aún, caer en la zanja, con un final impredecible.
Al evaporarse mi dilema, empecé a caminar despacio, paso a paso, perro a perro. Después del primero, estaba un poco más confiado. Comprendí que era más seguro hacerlo; todo parecía más fácil. Logré sortear el puente y, para mi tranquilidad, sin ningún rasguño.
Seguí caminando bajo la lluvia hasta encontrar la parada del colectivo. En la soledad de aquella parada no se animaban ni las moscas, porque el frío hundía su puñal certero. Tanto era así que debí arrimar el centro de mi espalda a la columna de hierro, como único reparo posible.
Al poco rato llegó el colectivo. Se detuvo para permitir mi ascenso.
Ya sentado, más tranquilo, comencé a desandar los hechos recientes. Varios sentimientos pugnaban por ser expresados. Recordé los perros mojados y sentí mucha lástima por ellos.
El frío aún calaba hondo en mi columna.
Comprendí que esa noche había sido única.
Que el destino estuvo de mi lado.
Que no se repetiría otro momento así a lo largo de toda mi existencia.
Hoy, después de muchos años transcurridos, siento que nunca más padecí tanto frío como esa noche. Si tengo que describir ese momento de mi existencia, diría que fue raro, peligroso, sin vuelta atrás e inolvidable.
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Autor:
Vientoazul 🦋⃟
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