EL LIBRO DE TU CUERPO
Abriste tu cuerpo
como un libro prohibido,
sobre la mesa lenta
de la noche.
La lámpara temblaba
como un testigo antiguo,
mientras mi fe
se volvía deseo.
No hubo sermón,
ni templo,
ni campanas que avisaran.
Solo tu piel
pronunciando
mi nombre.
Amén,
dijo la noche
cuando tu aliento
tocó mi voz.
Amén,
dijo la sombra
al arrodillarse
en tu calor.
Amén,
susurró el silencio
cuando tu cuerpo
abrió su evangelio.
Tus labios
eran un salmo lento
que aprendí
sin necesidad de rezar.
Y cada caricia
—como una página—
iba escribiendo
mi condena eterna.
Tus hombros
eran dos islas tibias
donde naufragaba
mi incredulidad.
Si esto es pecado
que nadie me absuelva.
Hay paraísos
que nacen
en la piel.
Amén,
dijo la noche
cuando tu aliento
tocó mi voz.
Amén,
dijo la sombra
al arrodillarse
en tu calor.
Amén,
susurró el silencio
cuando tu cuerpo
abrió su evangelio.
Y si algún dios
pregunta mañana
por mi fe perdida,
diré
que la encontré
entre tus brazos.
Diré también
que hay milagros
que no descienden del cielo,
sino que nacen
cuando dos soledades
aprenden a arder juntas.
Amén…
dijo la noche.
Amén…
dijo la sombra
que bebía de tus hombros.
Amén…
susurró el silencio
cuando tu cuerpo
abrió su evangelio.
Y desde entonces
cada pecado
me suena
a oración.