“El hombre es como un leve suspiro, sus días son como una sombra que pasa”.
Salmos 144:4
Atrás de la nostalgia y el ego
se detiene el ruido
de las ventanas
y su monólogo de polvo
que arrastra la lejanía,
una sola pausa y el tiempo
se ciñe de cicatríces en
las paredes y sus relojes
que se precipitan en la arena;
queremos sostener el futuro
cuando olvidamos
que también somos sombra
parte de la hojarasca
que se olvida,
incineramos las agonías
sobre la mesa
y los prostíbulos
de un televisor que evapora
nuestras horas
(y, una vez más)
emitimos la desnudez
y las convulsiones
de los espejos
en la orfandad y su delirio
de olvido.
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