Elegía con trombón en la despedida de Willy.
Muchos músicos llaman a Willy Colón “el arquitecto de la salsa urbana”, porque su trombón y sus arreglos cambiaron para siempre el sonido del género.
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No hubo flores.
Nadie quiso cubrir con pétalos
lo que ya estaba lleno de música.
La iglesia era pequeña
como un barrio a la hora del café
y en lugar de coronas
había un trombón apoyado
contra una silla de madera.
Decían que así lo quiso:
sin discursos largos
sin mármol ni solemnidad prestada
solo el metal respirando
como en las esquinas del Bronx.
Afuera, Nueva York no guardó silencio.
Las avenidas se llenaron de pasos
de viejos discos girando en la memoria
de muchachos que nunca lo vieron
pero sabían su nombre
como se sabe el nombre del barrio.
Pasó un desfile lento:
congas, manos, risas húmedas
una salsa que caminaba
como si el asfalto recordara
cada golpe de su trombón.
Alguien dijo:
La música no se entierra.
Y entonces el trombón habló.
No lloró como los hombres
lloró como lloran los metales:
abriendo el aire
rasgando la tarde
dejando una nota larga
que parecía cruzar el Hudson
y volver cargada de memoria.
Porque hay músicos
que escriben canciones.
Y hay otros
que escriben ciudades.
Willy no se fue del todo.
Solo cambió de esquina.
Ahora toca
en alguna nube del Caribe del cielo
mientras abajo
Nueva York sigue marchando
con su trombón abierto en el pecho.
Y en cada calle
donde suena la salsa
alguien levanta la cabeza
como si lo escuchara pasar otra vez:
Cantando a Pedro Navaja.
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