Pequeña de apenas dos lunas,
llegaste con los ojos teñidos de niebla y plata,
esos ojos grises que parecen guardar
todos los secretos del cielo antes de la lluvia.
Eres una travesura en pañales,
una mímica temprana que desafía a la tía
con la punta de la lengua afuera,
como un juego secreto que solo tú entiendes.
Miras a papá con una seriedad de juez sabio,
recorriendo su rostro, midiéndole el alma,
decidiendo, entre pestañeo y pestañeo,
que él también es parte de tu nuevo reino.
Pero con mamá y con la abuela,
el aire se llena de hilos de seda:
tus gorgogeos son pequeñas burbujas de risa,
un idioma de aves que solo el amor traduce.
No necesitas rimas ni reglas,
porque tu existencia ya es la poesía más pura.
Sigue evaluando el mundo, pequeña mía,
que nosotros seguiremos rendidos
ante la luz de tu mirada encantadora.
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