Desenvainó su espada y la puso contra su cuerpo,
sintió el filo y vio reflejado el firmamento.
Como las estrellas solitarias, aún muertas,
siguen brillando en el oscuro cielo.
Pensó en la muerte, la sintió recorrer sus nervios,
le estremeció el temple, y como no fallaron sus dedos,
la sangre goteaba, pero no apagaba sus pensamientos.