EL HOMBRE DE LA ESCALERA
A las cinco
la mañana todavía está cerrada
como un puño de frío.
Me visto de uniforme
como quien se pone otra vida
encima de la suya.
En mi casa
duermen las horas que no viví.
Mientras tanto
yo subo.
Subo por postes de concreto
donde el viento habla primero
y los hombres después.
Mi vida
muchas veces
ha dependido de una soga,
del abrazo duro de un arnés
y de los peldaños de una escalera
que conocen mi peso de memoria.
Abajo
la ciudad despierta.
Arriba
solo el cielo
y este silencio
donde pienso en mis hijos.
En mi clóset
la ropa espera años enteros
como si el tiempo
se hubiera quedado colgado
junto a mis guantes de trabajo.
Y a veces me pregunto
si el salario paga el vértigo
de mirar la vida desde lejos.
Porque hay días
en que siento
que no trabajo en las alturas…
sino que mi vida entera
ha estado suspendida
de un cable invisible.
© Corazón Bardo