RESTOS
Wcelogan
Restos.
Restos, eso dicen.
Ahí abajo, en la caja brillante,
han puesto mi bulto.
La piel que usé para tratar con ustedes.
Un traje vacío, la boca sellada por dentro,
el ego ya sin oficio.
No estoy ahí.
Estoy sentado adelante, viendo.
La puerta no termina de cerrar.
Entra aire con olor a lirio cansado.
El ventilador bate el calor y lo reparte.
Una mosca prueba la frente; la espantan sin tocar.
Pasan de dos en dos. Se inclinan.
Tocan la madera como si diera fiebre.
Una mujer acomoda la corbata que ya no aprieta a nadie.
Otra alisa el cabello con dedos de madre ajena.
Alguien deja un beso en el aire
y se limpia la emoción en la manga.
El libro de firmas bosteza en la mesa:
letras grandes, tinta que se corta,
“presente” repetido hasta vaciarse.
Un rosario circula: cuentas sudadas, nudos que cambian de mano.
Café tibio en vasos de cartón, galletas que crujen demasiado.
Sillas de plástico se quejan
cuando alguien se levanta a llorar donde lo vean.
Carraspean. Miran el reloj.
Susurran: “qué buen hombre”. Asienten:
el mismo gesto ante un cuadro caro.
Un primo llora sin lágrimas.
Un vecino enumera favores.
Alguien recuerda una broma limpia.
Nadie trae la parte áspera que me sostenía,
ni el sitio donde guardé lo que no quise mostrar.
Me han dejado pulcro. Útil para la foto.
El muerto mejora cuando ya no puede corregir.
Sigo aquí, mirando cómo reparten mi recuerdo en raciones:
la anécdota amable, el saludo a tiempo, la paciencia editada.
Todo encaja mejor si el difunto calla.
Restos, dicen. Puede ser.
Porque lo que yace no es el cuerpo:
es la versión que les conviene.
Lo demás —la sed, la terca oscuridad—
se levantó conmigo y mira.
Van a cerrar. La bisagra se resiste.
Alguien empuja con dos dedos.
La tapa desciende; por un segundo
la corbata queda afuera,
torcida, como lengua.
Nadie la ve.
Morir fue apenas
dejarles esa mueca.