¡Era una guerra en la cama y una culpa que gritaba!
Tener la lealtad con la piel en disputa.
Una era mi templo, el hogar y el respeto,
la otra era el vicio, el sudor y el secreto.
A una la tocaba con la luz encendida,
a la otra la devoraba en la sombra prohibida.
Una era el beso que calmaba mi suerte,
la otra era el sexo que me sabía a muerte.
Me hundía en el cuerpo de la que me tentaba,
mientras mi alma el engaño sustentaba.
Uñas marcadas, gemidos, urgencia...
¡Maldito el placer que me pudría la esencia!
Me enredaba en sus piernas, me bebía su jugo,
y sentía que era de mi propia fe el verdugo.
A una le mentía en la cara con calma,
a la otra le entregaba el sudor y no el alma.
¡Qué vicio tan puerco ese de andar dividido!
Robándole al tiempo lo que no era permitido.
Gozaba en la sombra con furia animal,
y luego en mi casa me sentía un rival.
No sabía con quién irme, ni qué prefería,
si el puerto seguro o el infierno que quería.
A una la cuidaba, a la otra la mordía,
¡Perdido en el vicio de aquella agonía!
Si elegía el hogar, me traicionaba en la cama,
si elegía la amante, mi lealtad me reclamaba.
Cualquier decisión me convertía en ceniza...
¡Matando al esposo o a la bestia sin prisa!