Al cielo invocamos
y tenemos respuesta,
enmudecen con la rosada
los silencios del bosque,
sufren en la espera,
no duermen los pájaros
pero los ángeles mecen la noche.
Desde el suelo rastrillado
nos defendemos de los hombres,
varados en la esperanza
el cielo siempre estuvo presente,
por la inocencia resiste,
y los árboles blancos elevan su espíritu,
camaradas en la eternidad,
se encadenan y crujen,
por sus heridas brota savia,
por las nuestras, sangre enfurecida
y superviviente.