Humanamente cargo con un poco de todo,
como el borrador que arrastra
garabatos retorcidos del pizarrón,
y el peso de las dudas que se amontonan
sobre el volcán dormido del aula, listas para estallar.
En estos hombros y la espalda con sudor,
se apilan las memorias de mi vida rota,
el amor que duele como espina de ausencia,
y el sueño que se escapa por las grietas del salón.
Cargo el río de voces de las conductas disruptivas,
las promesas rotas como libros manchados,
el eco del timbre sordo en el viento del recreo,
y esa fe terca de volver, como la idea que brota
a pesar de la sequía de fondos y el olvido.
¡Ay, carga mía, humana y pesada como el mundo mismo!
Te llevo porque en tu peso late el pulso de las mentes,
y en el paso lento, encuentro mi raíz,
mi grito silenciado en la lección, mi luz entre sombras de pupitres.
No suelto nada, pues soltar sería morirme un poco,
y vivo, cargo todo, hasta que el timbre me devuelva
al abrazo del silencio, entero y quebrado.