La emoción ya no irrumpe: se precarga.
Opera en segundo plano, sin embargo embarga
la arquitectura íntima,
microservicios de angustia que nadie descarga.
El miedo no tiembla: optimiza su alerta,
algoritmo basal de pupila abierta;
dopamina en cuota, ternura cubierta
por métricas blandas de oferta y respuesta.
El deseo no arde: se indexa en vitrinas,
desliza su hambre por pantallas finas;
contendor simbólico de ansias vecinas,
colecciona rostros como ruinas.
La tristeza no pesa: se comparte,
renderizada en filtros de arte;
la herida se edita, lista para enviarte
una versión portable del desastre.
Hay un tráfico mudo en la corteza,
notificaciones roen la certeza;
la ira muta en tendencia expresa,
y el amor en interfaz de empresa.
Nos creemos libres por personalizar,
pero el pulso se deja modelar;
cada gesto aprende a performar
la emoción que conviene circular.
La soledad no aísla: conecta,
red cerrada de ansiedad correcta;
autoexposición selecta,
identidad dialecta,
subjetividad defecta.
El tiempo afectivo ya no madura:
se actualiza.
Parchea fracturas, sincroniza posturas,
mientras el cuerpo, hardware perecedero,
acumula latencias oscuras.
Llorar exige banda ancha,
amar requiere contraseña ancha,
sentir profundo se plancha
en protocolos de confianza.
Y, sin embargo, algo insiste:
un temblor pre-analítico, triste,
una grieta que no se asiste
ni se monetiza ni se reviste.
Ahí,
donde ningún algoritmo predice,
el ser comparece y se contradice:
contendor frágil,
animal que aún dice
sin interfaz que lo autorice.