Reapareces después del olvido,
lloroso árbol cargado de los grises,
te vieron hincado en tus propias raíces
pidiendo clemencia por el descuido.
Perdón que se niega y yace escondido,
sepulcro sin luz, color ni matices;
entierra por siempre los días infelices
en aquel infierno que nunca fue nido.
Dios sabe muy bien que debo perdonarte,
con este dolor que me brota del alma,
y agradecer la lección que dejaste.
No sé si en el cielo hoy canten con arte
aquellas cadencias que llenan de calma,
más hay alegría desde que alejaste.