Bajo el palio de sombra de una noche cerrada,
en el vago rincón de una incierta alborada,
donde apenas la luz su reflejo deslíe,
nos hallamos al fin, donde el hado sonríe.
Deambulamos sin rumbo por la selva del mundo,
con el alma sedienta de un afán muy profundo;
nuestras mentes, estatuas de un silencio sagrado,
no temblaron al verse frente al sueño anhelado.
Tus pupilas eran astros en la paz del abismo,
con un brillo escondido de sutil magnetismo;
y mi voz, cual un soplo de una brisa tardía,
profanó con su rima la total quietud fría.
Era el tiempo un hilo de cristal y de nieve,
que entre el ayer y el hoy con fragilidad mueve;
y mis manos, cual ríos que no encuentran su orilla,
buscan hoy en tu piel la inicial maravilla.
¡Oh, tu boca de arcilla, que es un fruto de sueño!
De un aroma a jazmines el aire se hizo dueño,
evocando veranos de una gloria perdida,
en la geografía de una ausente vida.
Es tu risa una tropa de aves ciegas en vuelo,
que del tiempo escapan hacia un lírico cielo;
y en mi pecho, que es urna de un amor sin inicio,
habita destello de gema, puro y claro artificio.
Nos observa la luna, cual un párpado enorme,
desde el fondo de un cáliz de cristal multiforme,
¡Y entre el lánguido olvido y la cruel soledad,
va cruzando el destino su fatal majestad!