Era adicta
a todo lo suyo.
A su mirada
y a sus piernas.
A sus ojos
y a sus labios.
A sus hombros
y a sus cabellos.
Nunca entendí
que me ataba a el.
Pero lo seguía
como a una a sombra,
esperando siempre
que se diera vuelta.
Para verlo de frente
y ahogar de golpe
en sus aguas eternas.
Era adicta a ser adicta
a un hombre
que era a la vez
mi amor y señor,
ola y estrella.
Era adicta a su sombra
y a su presencia.