I. El Paso por mi Vida (Soneto)
Creyéndome señor y buscavida
y dueño de aquel tiempo por vivir,
haragán que, con prisas de infeliz,
ultrajara el estigma de mi vida.
Paseé la niñez, “alma perdida”;
dejé mi juventud sin un sentir,
de adulto, no recuerdo qué decir
y veo en mi vejez esta partida.
Exánime, de cuerpo bien presente,
emparejo en la fosa el desconsuelo
con la estela ilustrada de mi mente.
Transmito al pergamino desde el suelo:
“que la pena y tristeza no se siente”
mi deseo es llevarlo en mi alto vuelo.
II. La Respuesta (Soneto)
No fuiste, caminante, un alma herida,
ni un náufrago sin rumbo en su existir;
la culpa que hoy te empeñas en vestir
no borra lo ganado en la partida.
Tu infancia fue raíz, jamás perdida,
tu juventud, un modo de latir;
y el tiempo que hoy no logras definir
también sostuvo el pulso de tu vida.
Si escribes desde el polvo, yo te leo:
la pena no es la dueña de tu frente,
ni el foso es el final de tu deseo.
Quede en tu pergamino, firmemente,
que aun roto por el mundo deletreo:
¡tu mente fue una lámpara viviente!
III. La Concordia (Soneto)
No hay vida que se cuente sin quebranto,
ni senda que no deje algún desvío;
lo escrito en pergamino, aunque sombrío,
también sostiene el pulso de tu canto.
Tu duelo es luz que nace desde el llanto,
tu culpa es solo el eco del vacío;
solo es juicio que pones, tan tardío,
que vuelve en esta réplica de encanto.
fuiste hombre que en su afán se desbordaba,
y fuiste lo que fuiste, sin más trampa:
quien cae sí, de nuevo se levanta.
Y así, entre lo que duele y lo que alaba,
tu historia al fin descansa en una estampa
donde sombra a la luz, poco la aguanta.