Huele a césped quemado,
y mi sistema te reclama como un vicio inminente.
El fuego se traga la calle y yo no salgo.
Prefiero asfixiar tu fantasma entre mis dedos.
Cierro los ojos y me castigo con tu memoria. Una fricción sorda, cruda, necesaria. Buscando anestesia en mi propia carne.
Y mientras el mundo se quema, yo sello esta hoja con la última secreción de mis aterias
que todavía acuden a estupidez de invocarte...