¡Oh, Dios vivo!
que estuviste en el principio del mundo,
en su acorde absoluto...
Tan hospitalario,
que recién a ti te llego me estás aceptando,
rey de todo lo habido...
¡Qué bien estoy contigo!
que me amas infinitamente más que a ti mismo,
al concederme tu auxilio...
Y en tu sentir fundido,
denoto una felicidad que es de otro mundo,
por tu abrazo purificado...