Quizás olvidamos que la nieve en las sienes
no es derrota del tiempo sino su recompensa,
que cada cana es un río que sostiene
la sabiduría que el alma nunca piensa perder.
Coronas blancas, lino de seda,
que el tiempo teje en sienes que han amado,
belleza serena que el mundo no hereda
porque aprendimos a mirar sin ver lo sagrado.
Se inclina el joven ante el anciano
como el bambú se inclina ante el viento,
no por deber, sino porque en esa mano
duerme la raíz de todo conocimiento.
Nosotros, en cambio, dejamos que el otoño
de un alma sabia se apague sin testigos,
tratamos lo más hondo como lo más mohoso
y perdemos maestros que pudieron ser amigos.
Ya no eres mortal cuando un poema tuyo
despierta en labios que jamás te conocieron,
cuando tu voz se vuelve suave arrullo
en almas que tu nombre nunca oyeron.
Los viejos sabios son los ríos lentos,
los que cruzaron piedras, sequías y crecidas,
llevan en los ojos todos los vientos
y en las manos el peso verdadero de las vidas.
Y cuando llegue tu propio invierno
y la nieve te cubra con su calma,
sabrás con certeza que el amor es eterno,
y que vivir en otros es lo que salva el alma.