William26🫶

EL BONACHÓN

EL BONACHÓN 

 

Dicen que ser buena gente

es una virtud.

 

Que ayudar,

ceder,

poner la otra mejilla…

te vuelve mejor persona.

 

Yo también lo creí.

 

Durante años

lo creí.

 

Fui el bonachón del barrio,

el que siempre decía:

“tranquilo… yo veo”.

 

El que prestaba plata

aunque anduviera limpio,

el que cargaba cajas,

penas…

y hasta culpas ajenas.

 

Siempre había un cabrón

necesitando algo.

 

—Mae… ¿me hacés un favor?

 

Y yo,

como santo pendejo,

ahí iba.

 

Porque uno crece creyendo

que ser buena gente

es una especie de salvación barata:

 

dar,

ceder,

sonreír,

aguantar.

 

Pero la vida

—esa profesora sin paciencia—

me enseñó otra cosa.

 

Al bonachón

no lo respetan.

 

Lo usan.

 

Lo exprimen.

 

Lo dejan seco

como limón olvidado

en la barra de una cantina.

 

Y un día me cansé.

 

No fue iluminación divina.

Ni terapia.

Ni consejo sabio.

 

Fue puro cansancio

de ser

el imbécil oficial del barrio.

 

Aprendí a decir **no**.

 

Así:

corto…

seco…

sin sonrisa de idiota.

 

Y pasó algo curioso…

 

Los mismos que antes

me caminaban por encima

empezaron a hablarme

con cuidado.

 

Como si de pronto

hubieran descubierto

que el bonachón

también muerde.

 

Porque la verdad es simple, mae:

 

ser buena persona está bien…

 

pero el respeto

casi nunca nace del cariño.

 

Nace

el día

en que dejas claro

que también sabes

mandar a la mierda.

 

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Cuando escribí “El bonachón” no estaba buscando hacer un gran poema ni una pieza llena de metáforas rebuscadas. En realidad quería decir algo que llevaba tiempo rumiando. Más que un poema lírico, es casi una confesión narrada, una reflexión que nace de experiencias que muchos hemos visto —o vivido— alguna vez.

Me interesaba hablar de esa idea que nos enseñan desde pequeños: que ser siempre bueno, siempre servicial, siempre disponible, es casi una virtud sagrada. Durante años yo también lo creí. Pero la vida, con su manera poco delicada de enseñar, me mostró que la bondad sin límites a veces se vuelve permiso para que otros te usen.

Por eso el texto tiene ese tono conversacional, casi de charla entre amigos o de pensamiento en voz alta. No quise esconder la idea detrás de símbolos complicados; preferí decirlo de frente, con ironía y un poco de humor amargo. El “bonachón” no es un héroe ni una víctima trágica: es simplemente alguien que un día se cansa.

Al final, más que una queja, el texto es una pequeña revelación personal: entender que ser buena persona no significa dejar de tener dientes. Porque a veces el respeto no llega por la amabilidad, sino el día en que uno aprende —sin culpa— a decir no.