En el alumbramiento
se oyó:
—Es niña—
mis padres compraron vestidos
y juguetes rosados.
En mi frente
parecía tatuado:
¡Eres femenina!
Crecí.
Tengo la espalda ancha
y la voz gruesa.
Cuando hablo como hombre
me siento fuerte
y más de uno
voltea a mirarme.
Un día jugué a ser varón.
Me sentí importante
y libre,
como un águila
cargando culpas
en sus alas.
Amo por igual
los colores cálidos
y fríos.
Aunque mi vestimenta
parezca estrafalaria
al mundo.
De niña adoré la cocinita;
de grande cocino
solo por placer,
aunque a veces
la comida salga insípida.
Jugar a ser la mujer
que los demás esperan
es muy cansado.
Amo la energía
femenina y masculina
con la que he sido creada.
Despido y honro los dolores
de las mujeres
que me antecedieron.
Y a mi manera
le digo sí
a la vida.