Son pocos los nudos
que en tu lluvia de luna
alcanzaste a imaginar.
Hacia al suelo miraste,
y no hubo surco que te haya obviado.
Apenas supiste esbozarlos,
y a tu boca nunca llegaron.
Pensaste triste,
que siempre tal vez un tanto más.
El pasto fue un versículo
que en tus pies se escribió,
y dormida te entregaste hasta casi el cielo todo.
Fue tu voz quien te esperó,
de algo así como tiempo quebradiza,
y mecióse vieja por tus manos frías.
Lentamente temblaron,
y por lados todos se cayeron;
el agua y sus ecos
en el cielo se quedaron.
Y es en mis ojos donde gritaron
mientras dormida te pudrías.