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El espejismo: Arquitectura de una ruptura
Empieza con un rito:
decides que es perfecta y le construyes un altar, ignorando las grietas y los gritos del universo que te advierten del naufragio.
Pero insistes.
Vives de esa adrenalina de vigilia y víspera,
masticando la fantasía de lo que no ha pasado
hasta que el alba te encuentra planeando futuros.
Amaneces con el pecho dividido:
una mitad es coraje y la otra un abismo.
Tiemblas porque has puesto tu eje en su órbita
y la buscas con la sed del que se sabe perdido.
Si no está, el mundo se desdibuja.
Si aparece —una coleta, un hombro, un gesto—, tu decadencia se viste de fiesta y el pulso vuelve a tener sentido.
Pero la intuición es un perro que nunca miente.
Ves el cambio en el aire, el frío en el ángulo de su cara.
Ella ya no te busca.
Y la ilusión, que era gigante, se encoge hasta ser derrota.
Te duele el vacío de su mirada, esa preferencia por el suelo o por el brillo de una pantalla antes que el choque eléctrico de tus ojos.
Y entras en el laberinto de la culpa:
¿Fui demasiado? ¿Fui nada? ¿Fui invisible?
Ahí se quiebra el cristal:
un corazón que estaba listo para el incendio
se apaga bajo la lluvia de la indiferencia.
Tu día se desmorona porque anoche, en tu insomnio, le diste las llaves de tu paz a alguien
que hoy te ha recordado que eres irrelevante.
Así duelen ellas: las rupturas imaginarias.