Cualquiera puede escribir un poema
(Pero el verdadero reto es escribir otro)
El primer poema, siempre llega solo. El segundo, ya sospecha de nosotros. Y el tercero
exige algo más difícil: que olvidemos, cómo hicimos el primero.
El mito:
Dicen que el verso es un don
que baja del firmamento
como un raro pensamiento
sin causa ni explicación.
Mas basta una inclinación
del alma frente al papel
un silencio simple y fiel
donde la vida respire
y a veces, sin que se mire
nace un poema en la piel.
Cualquiera:
No hace falta desventura
ni una historia excepcional
ni un naufragio sentimental
que al corazón dé amargura.
Basta una mirada pura
que descubra lo que ve:
una tarde, un no sé qué
un rumor de mediodía…
y en esa leve porfía
ya late un verso también.
El primero:
El primer poema nace
como una chispa casual
una imagen natural
que de pronto nos complace.
Y aunque el azar lo disfrace
de hallazgo casi inmortal
sabemos que es eventual
ese fulgor repentino:
un breve guiño del sino
que parece magistral.
El segundo:
Mas el drama verdadero
no es lograr ese primero
lo difícil, compañero
es volver al mismo fuego.
Pues el verso pide luego
no copiar la misma voz
ni repetir el feroz
milagro de aquella vez:
quiere nacer otra vez
sin parecer eco atroz.
Durante mucho tiempo se creyó que la poesía era un don reservado a unos pocos elegidos.
Este cuaderno parte de una sospecha distinta: quizá cualquiera pueda escribir un
buen poema alguna vez. Una imagen inesperada, una frase afortunada o un instante de
claridad pueden abrir la puerta del verso.
Pero el verdadero desafío comienza después. Escribir otro poema. Y luego otro más.
Evitar repetir el mismo truco, la misma imagen o el mismo hallazgo. Persistir incluso
cuando la inspiración parece haber olvidado el camino de regreso.
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