Este vacío no es un hueco, es un abismo de autoconciencia,
donde mi alma ha perdido toda su inocencia.
Me detengo ante el espejo y no hallo al que creí ser,
solo un arquitecto torpe, que solo sabe deshacer.
El dolor ajeno que mi mano ha sembrado,
es una deuda carmesí que jamás será saldado.
Mis acciones, bombas lentas bajo un frágil cimiento,
destruyen con un soplo lo que construí con lento aliento.
Comprendo al fin que no soy apto para la luz de nadie,
soy un cielo en ruinas donde solo el trueno invade.
Lo que toco, lo marchito; lo que abrazo, lo destruyo;
y mi mejor esfuerzo termina siendo mi peor murmullo.
Las horas sin descanso son agujas de hielo en mi sien,
mientras el humo me abraza, me dice quién soy, y el porqué.
El alcohol es un río turbio que me lleva hacia el olvido,
y el tabaco, la única brújula que me muestra lo perdido.
Me revelan la verdad, cruel y sin matices:
soy la figura nefasta que se oculta tras las cicatrices.
Lloro, sí, lloro como el hombre que siente su verdad,
una lluvia amarga sobre mi propia inhumanidad.
Que la tierra se abra y me trague sin piedad,
que borre este error que ha manchado la realidad.
Porque el mayor engaño fue creer que yo era bueno,
cuando mi esencia es la misma sombra de mi veneno.