En el pueblo de San José de las Matas, conocido cariñosamente como Sajoma, pegado a las montañas donde la neblina se queda dormida sobre los pinos y los gallos cantan antes de que el sol siquiera despierte, siempre se ha hablado de la Ciguapa como si fuera una parienta incómoda que nadie invita, pero de la que todos saben algo. No es cuento de muchachos, dicen los viejos sentados frente a la bodega, soplando el café para que no queme. Es cosa seria.
Los caminos del pueblo son de tierra colorada. Cuando llueve se vuelven un barro espeso donde las huellas quedan como recuerdos pegados al suelo. Por eso en Sajoma todo el mundo cree saber quién pasó por dónde… o al menos eso dicen.
Yo no creía mucho en esas historias hasta aquella temporada en que me quedé viviendo con mi tío Mateo. Era un hombre callado, de esos que hablan poco, pero miran mucho. Vivía en una casa de madera al borde del monte, donde el viento traía olor a hojas húmedas, a café tostándose en alguna cocina lejana y a esa tierra negra que parece respirar cuando cae la noche.
En las tardes se mecía en la hamaca del portal fumando tabaco, mirando la montaña como quien espera que alguien salga de entre los árboles.
Una noche, mientras cenábamos arroz con habichuelas y un poco de yuca hervida, levantó la cabeza de golpe.
—¿Oíste?
Yo estaba raspando el plato.
—No.
Se quedó mirando hacia la puerta abierta, hacia la oscuridad del monte, donde las luciérnagas parpadeaban como si alguien estuviera encendiendo y apagando pequeñas velas en la maleza.
—Anda rondando.
No dijo más.
Afuera los grillos cantaban como siempre, pero la noche tenía algo raro, como si el monte estuviera conteniendo la respiración. En esos días comenzaron a desaparecer cosas de la cocina.
Primero unas guineas que estaban colgadas en un clavo. Después un pedazo de queso envuelto en hoja de plátano. Una madrugada faltó hasta una cazuela de arroz que habíamos dejado enfriando sobre la mesa.
Mi tío Mateo no parecía sorprendido. Barría el piso despacio y decía:
—Cuando el monte se pone muy callao… algo viene a buscá comida.
La vecina, doña Tula, llegó una tarde con el pañuelo amarrado en la cabeza y la cara llena de preocupación.
—Mateo, esa mujer del monte anda suelta otra vez.
—No diga disparates —le respondí yo desde la puerta.
Ella me miró con una paciencia vieja, de esas que solo tienen los que han vivido demasiado.
—Mijo… uno no llega a viejo creyendo en todo. Pero tampoco dudando de todo.
Se sentó en la silla y empezó a contar lo que todo el pueblo sabía desde hacía años.
Que la Ciguapa es una mujer del monte. Morena como la corteza mojada de los árboles, y con un cabello tan largo que cuando camina parece que la noche se arrastra detrás de ella. Que se mueve entre los troncos sin romper ni una ramita, como si el bosque la reconociera.
Que sale cuando la luna sube despacio sobre las montañas y se queda colgada allá arriba, redonda, mirando al mundo como un ojo viejo. Y que lo más raro de todo… son sus pies.
—Los tiene al revés —dijo doña Tula bajando la voz—. Así el que la sigue termina caminando pa’ onde no es.
Yo solté una risa.
—Eso lo inventó alguien para asustar muchachos.
Mi tío Mateo no se rió.
—Muchachos? Naa! —dijo—. Hombres.
Porque también se decía que la Ciguapa miraba a los hombres solos con unos ojos que parecían pozos sin fondo. Que los iba llevando más adentro del monte, donde el río se vuelve oscuro y los árboles crecen torcidos. Y que algunos no regresaban.
Claro, uno oye esas cosas y sigue con su vida. El sol sale igual, las gallinas siguen escarbando la tierra, y la gente se ocupa de lo suyo. Hasta la noche de luna llena.
Esa noche el cielo estaba limpio, lavado por el viento de la montaña. La luna alumbraba tanto que las sombras de los árboles parecían otro bosque acostado sobre el suelo.
El perro del vecino, un cinqueño blanco y negro llamado Trueno, comenzó a ladrar como si alguien invisible le estuviera caminando por delante. Ladraba hacia el monte. Mi tío se levantó de la hamaca.
—Es hoy.
—¿Hoy qué?
—La luna está llena.
Salimos al patio. La claridad de la luna caía sobre las hojas como si alguien hubiera derramado agua de plata sobre el monte. Todo se veía quieto, demasiado quieto. Trueno corría en círculos, oliendo la tierra con el hocico pegado al suelo.
Y entonces vimos las huellas. Parecían de mujer. Pequeñas, delgadas, pero apuntaban al revés.
Mi tío se agachó y las miró con calma.
—Te lo dije.
Sentí un frío extraño en el pecho, como cuando uno entra al río y el agua está más fría de lo que esperaba.
Seguimos al perro que ya corría hacia la montaña. El camino se fue estrechando. Las ramas nos rozaban los hombros y el aire olía a hojas podridas, a río cercano y a esa humedad antigua que vive en los montes.
De pronto Trueno se quedó quieto.
Y la vimos.
Estaba sentada sobre una piedra cerca del río, pasando los dedos por su cabello largo. El agua corría despacio detrás de ella, murmurando algo que no se alcanzaba a entender.
La luz de la luna la tocaba apenas, como si la conociera. No parecía un monstruo. Parecía… una mujer cansada.
Su piel morena brillaba bajo la claridad y sus ojos eran grandes, profundos, como si dentro de ellos hubiera un pedazo de selva. Cuando levantó la mirada hacia nosotros sentí algo raro en el pecho, como si me hubieran llamado por mi nombre desde muy lejos.
Mi tío susurró:
—No la mires mucho.
Pero era difícil. La Ciguapa se levantó despacio. Caminó unos pasos sobre las piedras del río. Y entonces lo vi claro. Los pies estaban al revés. Se me puso la carne de gallina. El perro comenzó a gruñir. Ella nos miró largo rato. No con rabia… más bien con una paciencia antigua.
Luego habló. Su voz sonó suave, como cuando el viento se mete entre las hojas secas.
—¿Por qué me siguen?
Ninguno respondió.
El río siguió corriendo bajito, como si estuviera escuchando. Entonces ella sonrió. No era una sonrisa mala. Era una sonrisa vieja, como si hubiera visto demasiadas cosas en el monte.
—Los hombres siempre hacen lo mismo —dijo.
Y antes de que pudiéramos movernos, se metió entre los árboles con una ligereza rara, como si el bosque se abriera para dejarla pasar. Trueno salió corriendo detrás de ella.
Los ladridos se fueron alejando montaña arriba… hasta que el silencio volvió a quedarse con todo.
Esa fue la última vez que vimos al perro.
A la mañana siguiente encontramos huellas cerca de la casa. Huellas pequeñas que iban hacia el monte… pero que parecían venir de él.
Desde entonces, algunas noches desaparece comida de la cocina.
Mi tío Mateo solo dice mientras cierra la puerta:
—Déjala tranquila. El monte también vive.
Y cuando la luna llena se levanta sobre las montañas, redonda y callada, a veces creo escuchar pasos suaves alrededor de la casa… pasos que caminan hacia atrás, como si alguien estuviera alejándose del mundo mientras, sin querer, se va acercando.
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*De lo que investigué sobre la leyenda, pude extraer esto:
La leyenda de La Ciguapa
Mujer misteriosa de largos cabellos negros y pies al revés, que habita en las montañas. Dicen que es esquiva, nocturna y casi imposible de atrapar, pues sus huellas confunden a quienes la persiguen. Representa el enigma femenino y la selva indómita.
En la tradición popular dominicana se dice que atrapar a la Ciguapa es casi imposible, porque sus pies volteados hacia atrás confunden a cualquiera que intente seguir sus huellas en el bosque. Sin embargo, los cazadores tenían un método curioso.
Salían de noche, cuando la luna estaba alta, acompañados de perros mudos o especialmente entrenados para no ladrar. La razón era simple: el ruido podía asustarla y hacerla desaparecer entre los árboles. Seguían las huellas engañosas hasta encontrar la cueva donde se refugiaba.
Entonces colocaban trampas cerca de la entrada de la cueva o de los riachuelos, porque según la leyenda la Ciguapa bajaba a beber agua al amanecer. Si lograban sorprenderla, decían que quedaba hipnotizada por la mirada humana por unos instantes… pero casi siempre escapaba.
Por eso los viejos del campo repetían una frase medio seria, medio burlona:
“A la Ciguapa nadie la atrapa; ella es la que decide si dejarse ver.”