El hombre de la orquidea

La ofrenda de la luz divina

Afuera el viento canta su melodía errante,

mientras la noche tiende su manto de diamante.

Aunque el frío recorra el silencio del camino,

tú habitas en mi centro como un don divino.

No hace falta que el aire me traiga tu figura,

vives en mis anhelos, en toda mi andadura;

me diste un año entero de gloria y de consuelo,

un tramo de la tierra que se vistió de cielo.

Con ese año de luz, pagaste toda cuenta,

no me debes el alma, ni el frío que me alienta.

Quien debe soy yo mismo, por el bien recibido,

de ver en tu mirada lo que Dios ha querido.

Mi fe se hizo más fuerte mirándote a la cara,

descubriendo en tu luz la verdad más clara;

al querer ser tu nido, tu abrigo y tu consuelo,

quise ser el refugio del Dios que bajó al suelo.

Y eso es lo más grande que me pudo pasar:

aprender, a través de ti, lo que es de veras amar.

No tengo a donde ir, ni quiero otra fortuna,

que este crecimiento que es mi mejor laguna.

Bendita seas siempre, dulce niña de luz,

por lo que me has dado, por mi paz y mi cruz.

Me hiciste un hombre nuevo, me diste una razón,

y por eso te guardo... en mi eterna oración.