El amor es eterno, nace desde dentro,
se revela en la escucha y en el silencio,
en el interés sincero, sin egoísmo,
en el altruismo de ver feliz al otro.
El amor es múltiple, diverso.
Está el amor al trabajo,
donde habita gran parte de nuestra vida,
ese amor que da paciencia
y templanza para sostener el equilibrio.
Está el amor al hijo: generoso,
único, profundo y distinto.
Ahí el ego se disuelve
y el pensamiento se vuelve ayuda y sacrificio.
Está el amor al compañero, al amigo,
aceptar al otro como un ser diferente,
abrir la mente al conjunto, al equipo,
reír juntos y ser mejores que uno mismo.
Está el amor a la madre, a los hermanos,
tal vez egoísta en su comienzo;
no se valora esa fortuna cuando se es niño,
pero cuánto altruismo y sacrificio hay en una madre.
Está el amor a la esposa,
así me gusta nombrarla,
su sonrisa al despertar,
compañera de destinos
y de cadenas elegidas con libertad.
Está el amor a la vida:
conducir solo por la carretera,
ser ejemplo para niños con espina bífida,
mostrar al mundo una alegría infinita.
Porque el amor a la vida
y el amor a la familia
—ese sí—
es eterno.