Hueles a raíz,
abeja de los cinco montes,
aurículas de espiral oscuro
con que miramos la calma de las tardes.
Hueles a corteza,
a resina,
a saliva,
abeja de marismas siderales.
En el mar de tu voz
se arrulla el sesear de la serpiente,
corazón húmedo de tus ojos.
Aves en silencio de soles
con juegos de luna.
Miel de vapores
que en círculos
recorre la melodía de la urdimbre.
Te extrañé
porque así debía de ser,
porque una parte
del estambre de mi corazón
se enredó entre tus pies:
se deshilacha
como madeja de jade,
viejo dios que en otrora escondió
sus tres mil pares de dientes
en el vientre de la tierra:
así es narrada la preñez de la montaña.
Hueles a raíz,
abeja de los grandes ojos.
Hueles a manantial y piloncillo,
abeja de mis quereres,
abeja de mis abrazos,
abeja del ungüento que desencadena delirios,
traba mi lengua entre mis dientes de serpiente:
sesear de soles bailarines
en coreografías que nunca se repiten,
aunque tan solo nos sea dado
un mirar de lo mismo.