Estoy cansado.
Pero no es ese cansancio que se arregla con dormir ocho horas
o con un domingo sin hacer nada.
Es un cansancio que se mete en los huesos,
que se queda pegado en el pecho
y pesa más cuando todo se queda en silencio.
Estoy cansado físicamente,
de arrastrar el cuerpo por días que parecen repetirse
como si la vida estuviera en piloto automático
y yo solo fuera el que paga el combustible.
Estoy cansado emocionalmente,
de intentar entenderlo todo,
de medir mis palabras,
de pensar demasiado en lo que siento
y en lo que otros ya dejaron de sentir.
Y sentimentalmente…
ahí es donde más pesa.
Porque amar también cansa
cuando eres tú quien sostiene lo que se está cayendo.
Cuando eres tú quien insiste
mientras el otro aprende lentamente a irse.
Cansa esperar mensajes que ya no llegan,
cansa fingir que todo está bien,
cansa ser fuerte
cuando lo único que quieres es dejar de luchar un rato.
La verdad es que no estoy roto.
Pero tampoco estoy bien.
Soy simplemente alguien que ha resistido demasiado tiempo
con el corazón apretado
y la esperanza funcionando
con las últimas gotas de combustible.
Estoy cansado
de ser el que entiende,
el que perdona,
el que espera.
Y a veces…
solo quisiera apagar el mundo un momento
para ver si en el silencio
logro volver a encontrarme.