I_KENNETH

DESPUÉS DEL RELÁMPAGO

El perdón no nace del sosiego,
sino del hierro caliente de la herida.
Es un mal necesario,
como la lluvia que desarma la tierra
para que algo respire.


Después del aguacero
queda un rumor en las hojas,
una paciencia verde
que aprende a levantarse.


Así el alma, empapada,
descubre que el rencor pesa más que la tormenta
y suelta.


El perdón no es silencio:
es el sonido que llega después del relámpago,
cuando la luz ya pasó
pero el cielo todavía tiembla.


Es un límite trazado con fuego:
hasta aquí tu sombra,
hasta aquí mi sangre.


Y entonces, desde lo más hondo,
irrumpe ese grito antiguo
que no pertenece al hombre
sino a algo más vasto:


perdonar,


como si por un instante
la voz de lo divino
hablara a través de nuestra grieta.