Baruñitán es un mundo donde los regalos se desbordan
y los deseos se enredan en hilos de cordel.
De sus entrañas emerge una orbe de objetos extraños:
un reloj que cuenta suspiros en lugar de horas,
un libro que escribe historias al revés,
un espejo que refleja futuros posibles…
y una reina de un solo pie.
La llaman la Crayola Termométrica,
y dice —con timbre de orquesta revolucionaria—:
Hoy bailaré sobre las témperas matutinas,
despeinaré el asilo con sonrisas en mayúsculas,
pediré un compás transatlántico
para la alquimia de mi rosa de tempranos madrigales.
Y bailó.
Despeinó el asilo con carcajadas de ¡VIVA!
El compás transatlántico llegó con vientos de papel,
y la rosa de los madrigales floreció en un acordeón de colores.
Entonces la Crayola Termométrica
se convirtió en barca de sueños,
navegando mares de acuarela
con tripulación de letras desobedientes.
—¡A buen puerto y gozoso faro hemos arribado!
—proclamó en júbilo la barca de crayolas—.
¡Vosotras seréis nuestras veteranas de guerra!
¡Nunca más letras insonoras, descuajadas y haraganas!
Las crayolas, con sus colores en alto, respondieron:
—¡Nunca más el blanco será vacío!
¡Nunca más el negro será lujo!
¡Colorearemos los sueños con la furia de mil auroras!
Y siguieron navegando,
dejando un rastro de colores imposibles.
Se dibujó el aire con fragancias diamantinas.
Hubo rubor de festejos cristalinos.
El mundo se volvió perfume de sueños cumplidos,
eco de risas y copas invisibles.
Y en ese instante las veteranas crearon:
un color que sonaba a campanas,
un tono que olía a lluvia de verano,
un matiz que sabía a beso de mariposa.
Fluorescencias termoeléctricas
iluminaron el cielo
como amanecer de partículas danzantes.
El color imposible se volvió fenómeno natural,
visible solo para quienes creen en la magia.
Cumplida su misión,
las crayolas veteranas celebraron danzantes respiros
hacia sus utopías.
Se desvanecieron en el aire,
cada una punto de luz en el horizonte,
recordatorio de que la creatividad
no reconoce trincheras.
Y en el lugar donde estuvieron
quedó un papel en blanco, esperando…
Esperando que alguien, algún día,
tome un lápiz
y diga:
—Hoy comienza mi aventura.—