EL ÚLTIMO REDOBLE
Mora un ente en la penumbra,
inquietando el corazón;
son tambores que retumban
al compás de mi aflicción.
De hinojos ante el espejo,
viendo el vidrio quebrantar,
los fragmentos del recuerdo
que el tiempo osó profanar.
Mi piel, marchita y rendida,
se entrega al polvo y al mal;
ya no hay senda de retorno
tras este umbral de cristal.
Mi alma al vacío se aferra,
pues donde el silencio es rey,
la voz se vuelve ceniza
y la muerte dicta su ley.
¡Que callen ya los tambores!
Un latido... y después la nada.
Carlos Lagui
Oaxaca, México. 2026
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